Literaturra agradece la reproducción de los materiales publicados siempre que se mencione la fuente.

Entradas populares

25 junio 2007

Cuando la poesía vuelve a sus raíces (homenaje a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki)

Cuando la poesía vuelve a sus raíces, ejercer de cronista, de pastilla para la memoria y de estimulante social. Literaturra no pude quiere ni debe dar la espalda, por eso publicamos en forma integra este homenaje a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki enviado por Agencia Walsh
<·>-<·>-<·>-<·>
Homenaje a Maxi y a Darío
San Darío del andén
sin sotana ni uniforme
fuiste elegido por dios
para luchar por los pobres
mártir y héroe piquetero
bendito sea tu nombre.
<·>-<·>-<·>-<·>
Pasión por la justicia
(pensando en Darío Santillán)
Cuando vio a las humildes mariposas del bañado
Con sus alas clavadas y quemadas
En el altar de todos los días,
Más que clamar a los dioses por justicia
O derramar nuevas lagrimas sobre los valles agotados del lamento
Quiso ser justo
Las puertas de cristal del paraíso están cerradas
Ni siquiera piedad tendrán las mariposas, se dijo
En un tiempo donde los cielos son una tierra sin luz, baldía
Y las flores del amor se pudren antes de nacer
En los bordes de las tumbas…
Quiso ser justo y ningún ángel ciego le entregó su espada
Ningún héroe antiguo le susurró secretos; ningún viento
Cálido y venturoso acaricio las velas de su navío…
A mordiscones, entre gritos de pecho desnudo y gomas quemadas
para el vuelo de los cuervos
Apenas empuñando un palo y el pañuelo palestino
Debajo de los ojos que ardían
En el grueso mar de las desdichas
Inició su odisea…
Mientras su vida navegaba sobre la cresta de las olas
Supo que hay una ciudad en las colinas de la riqueza
Donde los cuerpos devoran a los cuerpos como si fueran de oro…
Y que otra ciudad crece y crece en las espaldas de la basura
Y allí las almas lloran a las almas como si fueran el pan de dios…
Quiso ser justo y recorrió la muralla que separa las ciudades
Supo que las murallas de piedras son pasiones tristes
Y la última piedra es el silencio
Supo que las bocas del silencio jamás besan
Y que el pecado de la pobreza se paga con la muerte…
Una noche de tormenta con furiosos destellos azules
Soñó que la diosa justicia – Temis, la madre
de las parcas, la llamaban – ,
Se alzaba desde el fondo de las aguas y se escurría
Como un pez de sol entre sus sábanas frías…
Se arrimó al fuego, buscaba un abrazo. Ella se negó, con risas.
Sintió el desprecio como si fuera un gato de porcelana
Solo puedes mirarme y desearme. Mi dueño es la ley,
y el dueño de la ley es el poder, que tiene un dueño…
la muerte, que violó a mi madre, para que
yo naciera, dijo ella, y su voz de infante
pareció la seda del alba
cuando la rasga un relámpago…
Y se fue de su vida como se fue del sueño
Desnuda y ajena, igual que cuando llegó…
A caballo de la eternidad…
Abrió sus ojos de la oscuridad de una cueva de diamantes…
Detrás de los pinos tardíos el desierto se movía
Más rápido que el viento y tan frágil
Como una bailarina
Y más lejos, donde la mirada se termina entre crespones de niebla
Pudo leer el anuncio del alba: ya llega la estrella matutina…
La justicia se ofende con las pasiones, dijo, casi a gritos
hechizado por la luz, aún sin decidirse
entre el rojo y los celestes que abundaban…
Acaso el terror le haya secado los labios, dijo, más calmo
La justicia cierra su culo sobre la riqueza
y se pavonea con aires de ninfa, dijo, y se rió
como ríen los muchachos en el barrio…
Vio mil potros sudorosos al galope por las pampas y pensó
otra vez en la justicia…
Su belleza huele a cadáver pero ella no lo sabe…
Nació muerta en un tiempo de esclavos, dijo al fin,
con tristeza y agotó su cigarrillo
como quien agota la paciencia en los filos del aire…
Quiso ser justo. Volvió a su navío. A su viaje
Entre las aguas de la miseria y los barros
Del dolor que se eterniza y se muestra
Al desnudo y tan natural como la noche más noche
Donde ni siquiera brilla el consuelo de la luna…
Quiso ser justo. Allí estaban las fábricas cerradas,
Las escuelas caídas como hojas del peor invierno, ayer doradas,
Y los hospitales con sus madres y sus niños en colas infinitas
Que poco alivian los rezos y las maldiciones
Allí estaban la prostitución y el pegamento
para las criaturas que cruzan la puerta del infierno
Allí, bajo las ramas raquíticas y las ochavas mojadas
se veían los colchones de jirones, de fantasmas,
para que los viejos entre toses y gargajos
amarillos tengan el último de los sueños negros…
Quiso ser justo y abrió su corazón a todas las lluvias…
Con la inocencia del recién nacido
Era el fervor de quien decide mover el mundo
Día tras día… hora por hora…
Hasta lograr con sus manos el milagro…
Quiso ser justo allí donde lo justo escasea como los lirios en el potrero
Eligió por puerto un barrio donde sólo abundan los caminos
Que llevan al cementerio
Trabajó duro en la bloquera (lo más duro fue organizarla)
Trabajó duro levantando la salita de salud y la biblioteca
Trabajó duro moviendo las conciencias
En el pueblerío duro del sur
Quiso ser justo: o sea que su acción diera sentido
a la idea primigenia de la vida,
la que mueve las almas y los sueños;
o sea darle finalidad de bien común
a la reproducción material de la existencia,
para que el gozo de lo creado
detrás de la necesidad,
en pos de la belleza,
no lo pervierta el valor de cambio,
tampoco lo espante la usura;
Y más aún: que la igualdad en las dichas
de la vida resulte la más dicha,
en el viaje de los cuerpos amorosos
que trepan a sus navíos…
Quiso ser justo y cuando el hambre no tuvo respuesta
Recogió piedras para acompañar las palabras – y las palabras
fueron más limpias y más sonoras –
Y cortó las calles, las rutas y los puentes
para no cortar
el dulce hilo de la vida
Y sonrió con la bella arrogancia del justo: no somos
elefantes para morir en soledad, dijo
Aunque cierren los ojos y nos desprecien, aquí estamos…
Aunque nos declaren la guerra seguimos en el viaje, dijo
Y junto a sus compañeros del barrio que cuidaban su navío
Alzó sus manos con palos hacia el cielo
Como si fueran la corona triunfante de la tierra…
Esa mañana como nunca la gente del reclamo a flor de piel estaba allí
con tantas cicatrices como mil colores
Sobre los cuerpos sin artificio
También como nunca las fuerzas del poder los esperaban,
Arteros en lo suyo,
Preparados para una guerra en el espacio
Quiso ser justo entre los justos
Rabioso, con toda la espuma del amanecer
Amenazante, listo para pisotear la cabeza del monstruo
Otra vez la historia se obstinó en mostrar
Que las armas en manos del poder
Pueden más que los corazones desarmados…
Quiso ser justo entre los justos
Ayudó como pudo en el desorden de la retirada
Cuidó a los más desesperados
Dio aliento al que sufría las heridas (eran balas de goma
y después de plomo)
Siguió siendo justo con ojos desencajados
Por los gases y las visiones del dolor
Ardía, era muy joven, no había bebido los alegres vinos
en la noche de bodas,
Sintió que vivía las vísperas del adiós
Estaba marcado y lo perseguían
Apenas tuvo tiempo de tomar la mano del compañero en agonías
No es bueno que muera en soledad…
Es necesario que alguien sostenga su mirada…
Es justo morir a su lado, acaso dijo…
… Dio su espalda a la partida de asesinos
Los tiros fueron muchos y sintió que una nube de brazos
lo subían otra vez a su navío
Y mientras los vientos y las aguas lo llevaban del este hacia el oeste
Vio como las rojas y amarillas, humildes mariposas del bañado
Nunca antes tan brillantes
Rompían con sus alas
Las puertas de cristal del paraíso…
Vicente Zito Lema, otoño de 2005

El Infierno Verdadero
Entre las 5 y las 7,
cada día,
ves a un compañero caer.
No pueden cambiar lo que pasó.
El compañero cae,
y ni la mueca de dolor se le puede apagar,
ni el nombre,
o rostros,
o sueños,
con los que el compañero cortaba la tristeza
con su tijera de oro,
separaba,
a la orilla de un hombre,
o una mujer.
Le juntaba todo el sufrimiento
para sentarlo en su corazón
debajito de un árbol
El mundo llora pidiendo comida
Tanto dolor tiene en la boca
Es dolor que necesita porvenir
El compañero cambiaba al mundo
y le ponía pañales de horizonte.
Ahora, lo ves morir,
cada día.
Pensás que así vive.
Que anda arrastrando
un pedazo de cielo
con las sombras del alba,
donde, entre las 5 y las 7,
cada día,
vuelve a caer, tapado de infinito
Juan Gelman

Junio
A Darío Santillán y Maximiliano Kosteki in memoriam.
A todos los que nos dignifican con su lucha.
Lo que va a pasar hoy pasó hace tanto
me desperté diciendo esta mañana,
no vi las predicciones del espanto
que le arrancaba al sueño mi palabra.
En este invierno que pega tan duro
está lejos tu boca que me ama
y se me desdibuja en el futuro,
y junio me arde rojo aquí en la espalda.
En este invierno atroz no hay escenario
más duro que esta calle de llovizna;
cada uno sigue en ella su calvario
pero la cruz de todos es la misma.
Salí con las razones de la fiebre
y una tristeza absurda como el hambre,
y cuando en el corazón la sangre hierve
es de esperar que se derrame sangre.
Me llamo con el nombre que me dieron,
el que tomó la crónica del día;
soy uno de los dos que ya partieron,
los dos en un montón que resistían.
Hermano en la delgada línea roja
que te me fuiste dos minutos antes
con la indiscreta muerte que en tu boca
entraba en cada casa con tu imagen.
Yo estaba junto a vos sobre tu grito
besándote feroz la indigna muerte
mientras te ibas volando al infinito
fulgor de la mañana indiferente...
Yo sé que el corazón que está latiendo
en cada uno es una senda pedregosa,
cuando en el suelo sucio me estoy yendo,
ajeno y solo de todas las cosas.
Si yo salí por mí y salí por todos
cómo es que ahora no hay nadie aquí a mi lado
que me retenga la luz en los ojos,
que contenga este río colorado.
El corazón del hombre es una senda
más áspera que la piedra desnuda;
mi extenso corazón es una ofrenda
que pierde sangre en esta calle cruda.
Yo tengo un nombre rojo de piquete
y un apellido muerto de veinte años,
y encima las miradas insolentes
de los perros oscuros del cadalso.
Yo no llevaba un arma entre las manos
sino en el franco pecho dolorido,
y el pecho es lo que me vieron armado
y en el corazón todos los peligros.
La mano que me mata no me llega
ni al límite más bajo de mi hombría
aunque me arrastren rojo en las veredas
con una flor abierta a sangre fría.
Hoy necesito un canto piquetero
que me devuelva la voz silenciada,
que me abra por la noche algún sendero
pa' que vuelva mi vida enamorada...
Jorge Fandermole
Son los sueños todavía
Tú subías desde el Cono Sur
y venías desde antes,
con el amor al mundo bien adentro.
Fue una estrella que te puso aquí
y te hizo de este pueblo.
De gratitud nacieron muchos hombres
que igual que tú, no querían que te fueras
y son otros desde entonces.
Yo sabía bien que ibas a volver,
que ibas a volver de cualquier lugar,
porque el dolor no ha matado a la utopía,
porque el amor es eterno
y la gente que te ama no te olvida.
Tú sabías bien desde aquella vez
que ibas a crecer que ibas a quedar,
porque la fe clara limpia las heridas,
porque tu espíritu es humilde
y reencarnas en los pobres y en sus vidas.
Son los sueños todavía
los que tiran de la gente
como un imán que los une cada día.
No se trata de molinos,
no se trata de un Quijote,
algo se templa en el alma de los hombres,
una virtud que se eleva por encima
de los títulos y nombres.
Gerardo Alfonso
El Pibe De Mi Barrio
Pueden quitarte la vida de un tiro como a Santillán,
por ayudar a un caído, por reclamar igualdad.
La igualdad de querer comer comida digna,
y no sobras de basura de restaurante.
La validez de mi ideología frente a la de los demás,
porque mi ideal es poder expresarme en libertad.
La culpa no es de piqueteros,
su reclamo es todo legal.
La culpa es de los que vendieron
el país con impunidad.
Prefiero ser este hippie vagabundo
y no un gatillo fácil como vos.
Cuidado, mi amor, que nos cagan a tiros,
por pretender vivir con dignidad.
Nos cagan a tiros por pretender vivir con dignidad.
Nos cagan a tiros por pretender vivir con dignidad.
Nos cagan a tiros por pretender vivir con dignidad.
Nos cagan a tiros por pretender vivir con dignidad.
Nos cagan a tiros por pretender vivir.
Nos cagan a tiros por pretender vivir.
Nos cagan a tiros por pretender vivir con dignidad
Fabián Mateos

La Risa De Los Necios
Nada de esto ha terminado
Recién comienza lo mejor
Si crees esto amigo
Ven y canta, canta esta canción.
No ven que detrás de mi vienen otros
Que cantan aún más claro que yo
Y ellos harán partir un mundo
Un mundo libre de odios
De protestas, de rencor
Confraternizando frente al dolor
Y nadie se rinda sin reivindicar
A nuestras flores, regadas con sal
Y a la risa de los necios
Sólo le resta unos días más
Obligan a la tormenta
A transformarse en el ojo de un huracán
Soberbios, no ven que hay otros
Que cantan aún más claro que yo
Por ellos existen mis versos
Y si en la mañana me matan
En la noche me volveré a levantar
Porque me llaman Maxi
Me llaman Darío Santillán
Nadie se rinda sin reivindicar
Al gesto noble, flores!
Eterna Inocencia

##
Avellaneda
Dicen que la historia es muy compleja
para mi la historia
se resume en una escena.
De un lado el pueblo en marcha y sus banderas...
Un hombre abraza a otro en agonía,
la estación crece en uniformes. Dos disparos.

26 marzo 2007

Rodolfo Walsh

Literaturra agradece el trabajo de Agencia Walsh

Agencia Walsh www.agenciawalsh.org

“Perdimos, no pudimos hacer la revolución. Pero tuvimos, tenemos, tendremos razón de intentarlo. Y ganaremos cada vez que un joven sepa que no todo se compra, ni se vende y sienta ganas de querer cambiar el mundo.”

Envar El Kadri

Domingo, 25 de marzo de 2007

30 años sin Rodolfo

El violento oficio de escritor

“Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República.

“Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres. Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios.

“El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba. (…)

“En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo.

“Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”.”

De Ese Hombre

Esa mujer

El coronel elogia mi puntualidad:

-Es puntual como los alemanes- dice. Como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado Filosofía y Letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido. El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) ir‚ a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo ir‚ tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas las de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un

momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles -dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena -filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? Pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contále vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel. Pero a usted no le importa esto.

­¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste -dice.

Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

-¡Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel. Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N...

-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, coronel?

-Lo mío es distinto -dice. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.

A la pastora le falta un bracito.

-Derby -dice. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Qué querían hacer?

-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ­¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

-Esa mujer -le oigo murmurar. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El coronel bebe. Es duro.

-Desnuda –dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

-...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente? Sí, pobre gente.-el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.

-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno -dice.

-¿La vieron así?

-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mí no me podía sorprender. Pero ellos...

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.

Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.

-Beba -dice el coronel.

Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

-Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

-Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era? Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.

-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.

-¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.

-¿El profesor R.?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Decíles que no estoy.

Desaparece.

-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder -digo alegremente.

-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos.

Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillo , vida, muerte.

-Llueve -dice su voz extraña. Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

-¡Está parada! -grita el coronel. ­¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? –dice- ¿Eh? -dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

-¿La sacó usted?

-Sí.

-¿Cuántas personas saben?

-Dos.

-¿El Viejo sabe?

Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde?

No contesta.

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! -me exaspero. ¿No le preocupa la historia? -Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, ¡coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento... usted será el primero...

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

-¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.

Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.

-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

Rodolfo Walsh: Hay cosas que sería útil que fueran dichas

Marzo de 1972. De los papeles personales de Rodolfo Walsh, reflexiones sobre su vida y su escritura. Walsh textual.

“Martes 14. Entre el sábado y el lunes lectura de la novela de Paco (Urondo). Agitó muchas cosas, entre ellas el siempre latente problema de la escritura.

Aunque es evidente que no me considero ya un novelista, que no me veo consagrando mi vida a escribir novelas, ni siquiera una novela, también es cierto que hay cosas que podría decir que me gustaría decir que sería útil que fueran dichas.

Pienso que mi vida como muchas vidas ilustra cosas, que esas cosas serían más claras para algunos de los demás para aquellos a quienes quiero entre los demás si yo encontrara una forma verídica sincera de sintetizar esa vida y esa experiencia.

¿Cuál sería el método? Imagino de pronto una especie de inventario de todas las cosas los lugares las ideas sobre todo las personas que se han acumulado en mi memoria. Tal vez si hiciera ese inventario encontraría luego el hilo conductor que lo justificará literariamente pero sobre todo su razón de ser histórica política.

Porque si yo muriera mañana una parte de mi vida –esta parte de mi vida- podría parecer insensata y ser reclamada por algunos que desprecio e ignorada por otros a los que podría amar. Desde luego esa reivindicación personal no es lo que más importa –aunque no sea totalmente capaz aún de renunciar a ella. Lo que importa es el proceso que ha pasado por mí la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país.

Lo que importa es cómo pudo nacer aquí en este lugar dejado lo que está naciendo. Importan también los otros, los responsables, los chantas: yo me entiendo por ahora.

Imagino también un inventario de las cosas que quiero y las cosas que odio: ya lo dije. Las cosas que quiero mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros.

Las cosas que odio que desprecio la traición la estupidez Frondizi la televisión Jacobo los yanquis de la Esso o los ingleses de la Shell porque estos hijos de puta son cuñas del mismo palo Bernardo Neustad los mercenarios los discursos de los generales las turritas y los pavos de la publicidad oliendo a la colonia que mata los comunistas del partido los falsos profetas de la izquierda acalambrada la camiseta peronista el bigote peronista el odio de los oligarcas la cultura de La Prensa la senilidad de Borges la convicción de Gleyzer o de Aizcorbe los que matan a la gente los torturadores los farsantes los radicales del pueblo sobre todo si son jóvenes y una lista inmensa inalcanzable que se podría tratar de perfeccionar.

¿Qué hago yo con todo eso? Empiezo a juntarlo y empiezo a mirarlo empiezo a estudiarlo empiezo a ver si se deja escribir. Y si no se deja mala suerte será como la primera nenita que no se dejó cuando yo tenía ocho años y ella tal vez seis. Porque si no es sobre eso no vale la pena escribir sobre nada”.

Rodolfo Walsh 14/3/72

Fuente: “La Voluntad. Tomo I” de Anguita-Caparrós, págs 535/536

El País De Quiroga

A treinta años de su muerte, San Ignacio no guarda buenos recuerdos de Horacio Quiroga. Pero en otros lugares de Misiones, la historia cotidiana reafirma el valor de su obra.

El hombre barbudo oyó cantar a los monos del otro lado del río, y dijo:

—Va a llover.

Y preparó los tachos para juntar el agua, porque en su casa escaseaba el agua a pesar de toda su fabulosa ingeniería. Este hombre había hecho un jardín sobre la roca, a fuerza de pico, astucia y dinamita; tenía pileta de cemento donde se enroscaba Anaconda; con pieles del monte confeccionaba tapados para su mujer y zapatos para sus hijos; fabricaba canoas y peces de cerámica, alambiques, retortas, aguardiente; manejaba ácidos, taladros, esmaltes. Recogía orquídeas. Con sus manos extraía el veneno a la yarará, criaba búhos, celestitos y coatíes, cultivaba yerba y caña de la India. Dominaba cien trabajos, pero ninguno le servía para que el agua subiera a su meseta. El agua debía bajar del cielo. Por eso el hombre barbudo prestaba atención a las señales, y cuando oyó cantar a los monos dijo:

—Va a llover.

Y sacó los tachos para recoger el agua.

Y llovió, como dijo el hombre barbudo que conocía a los monos.

Pero llovió de la mitad justo del río para el otro lado, que era el Paraguay. Y de la mitad justa del río para acá, que era la Argentina, no cayó una gota.

Esto ha quedado como un chiste sobre el hombre que conocía a los monos. Y es un chiste, pero algo más, porque nadie como ese hombre ha pensado tanto en las lluvias.

—Cómo se mojaba don Quiroga —dice esta vieja sonrisa, acurrucada junto al fogón, más acá de vidrios empañados—. Cuanto más llovía, más salía, más se metía al monte.

En el monte no estaba solo. Con él corría desesperadamente Orgaz, el jefe del Registro Civil, emplazado a entregar sus planillas en Posadas, viendo en el horizonte "los golpes de agua lívida que rayaban el cielo". Con él deliraba y se moría lentamente, Subercasaux bajo el estruendo del cinc, dejando a sus dos hijitos abandonados. A su lado malparía Carlota Phoening y se arrastraban Joao Pedro y Tirafogo en busca de la tierra prometida mientras el diluvio "transformaba las picadas en sonantes torrenteras rojas".

También a nosotros las lluvias, que nos perdonaron quince días en el interior de la provincia, nos alcanzaron en San Ignacio. Misiones es una isla bajo el temporal que disuelve momentáneamente en tedio y encierro el propósito que nos trae: ver qué queda, a treinta años de su muerte, del hombre que alzó en torno de San Ignacio una construcción más inmaterial, duradera, que la ordenada piedra de los jesuitas.

Paisaje, ausencia

La casa está allí con sus piedras desnudas, su mágico círculo de palmeras, el busto del hombre barbudo en cuyo pedestal los estudiantes de visita declaran fugitivos amores, el letrero que pretende rememorar a "un peón" debajo de un árbol raquítico. Hay una hora precisa de la tarde en que el sol pone una explosión de azafrán sobre el Paraná, que visto desde esa altura es un lago apacible encerrado entre lomas amarillas y verdes, y por un momento uno puede suponer que lo está viendo con la mirada de aquel hombre hirsuto y terrible que San Ignacio ya hubiera olvidado —salvo por sus excentricidades inquietantes o ri-si el resto del país no se empeñara en recordárselo.

El hombre barbudo oyó cantar a los monos del otro lado del río, y dijo:

—Va a llover.

Y preparó los tachos para juntar el agua, porque en su casa escaseaba el agua a pesar de toda su fabulosa ingeniería. Este hombre había hecho un jardín sobre la roca, a fuerza de pico, astucia y dinamita; tenía pileta de cemento donde se enroscaba Anaconda; con pieles del monte confeccionaba tapados para su mujer y zapatos para sus hijos; fabricaba canoas y peces de cerámica, alambiques, retortas, aguardiente; manejaba ácidos, taladros, esmaltes. Recogía orquídeas. Con sus manos extraía el veneno a la yarará, criaba búhos, celestitos y coatíes, cultivaba yerba y caña de la India. Dominaba cien trabajos, pero ninguno le servía para que el agua subiera a su meseta. El agua debía bajar del cielo. Por eso el hombre barbudo prestaba atención a las señales, y cuando oyó cantar a los monos dijo:

—Va a llover.

Y sacó los tachos para recoger el agua.

Y llovió, como dijo el hombre barbudo que conocía a los monos.

Pero es una ilusión. El mundo de Horacio Quiroga ya no está en ese pueblo tranquilo, disperso y polvoriento. No es que San Ignacio haya cambiado mucho; es que sus personajes se han evaporado, y si existieran no se quedarían. Los encontraríamos tal vez mercando madera en la selva brasileña, ambulando con los trovadores de la frontera, remendando los alambiques domésticos que en el Alto Uruguay destilan citronela y menta, asomados al Moconá, la segunda catarata de Misiones (dos mil metros de ancho), que pocos argentinos conocen.

En San Ignacio, Quiroga se ha vuelto anécdota, que es como decir olvido, conmemoración escolar —último fruto del tedio—, homenaje de notables, que es auto-homenaje. De toda su gente, los hombres y mujeres que quiso, odió, retrató, sólo encontramos a uno para quien conocer a Quiroga fue el favor más grande de la suerte. Perdido en el monte, en un rancho cuyo único esplendor es la glorieta de isipó, Juancito Juárez fabrica muebles y guitarras con las herramientas que pertenecieron al escritor. Entre sus escasos bienes guarda una primera edición de Los Desterrados dedicada a su padre, Isidoro Escalera, uno de los primeros amigos de Quiroga. Alto y enjuto, a los 53 años conserva algo del asombro que le inspiraba en su infancia aquel hombre que le enseñó a dibujar, a embalsamar animales, y para quien construyó su primer violín.

Reprobación y leyenda

Era un hombre ejemplar, trabajador. Una gloria de la literatura. Lo consideramos un poco nuestro. Etcétera.

Pero el chico que en el otoño de 1966 disparó el primer hondazo contra la casa-museo de Quiroga interpretaba un sentimiento más generalizado y sincero. Cayeron los vidrios en sucesivas cascadas antes del saqueo que dispersó fotografías, herramientas, cartas. La era de los homenajes había concluido y por debajo de las reticencias y los clisés se afirmaba la versión auténtica: en San Ignacio, Quiroga es ignorado, menospreciado, a veces detestado.

—Quiroga fondo no era malo —farfulla un viejo colono ruso—, era loco.

—Lo agrandaron después de muerto —dice un poderoso terrateniente—. Inventaba cada fábula...

—Cada uno tenemos nuestra taras —disculpa el portero de la escuela.

Un par de actitudes y una docena de anécdotas (algunas falsas) nutren esa hostilidad. El maligno burro de Bouix, muerto por Orgaz en "El techo de Incienso", procreó legiones de animales baleados por el hosco habitante de la meseta. Quiroga araba de frac (sic) y comía cosas raras. En los carnavales usaba una fumigadora para empapar a los transeúntes desde su fortacho. Juez de paz, se olvidaba de inscribir los nacimientos y hasta hoy sigue apareciendo gente que no estaba anotada en ninguna parte.

—Éramos amigos —dice el alemán Max Bóse—, pero él se olvidaba. Un día quise cruzar su campo, y me corrió a tiros de escopeta.

Hay el próspero colono puede cruzar sin miedo el campo: es su campo.

El testigo

La reserva, el distanciamiento de Quiroga, pueden rastrearse en los personajes en que él mismo se retrató. Orgaz hablaba poco y escuchaba con atención insolente. En el pueblo no se le quería. Una "barrera de hielo" lo separaba de "los gentiles hombres de yerbas". Entre Moran, el personaje de Pasado amor, y los pobladores de Iviraromí (San Ignacio) hay también una "sima insalvable". Subercasaux (El Desierto) no podía conseguir sirvienta porque su laconismo "exasperaba y cansaba a las muchachas".

Quiroga, ciertamente, tuvo amigos-personajes: una extraña junta de fracasados, románticos, mutilados, aventureros. Son los desterrados, los destiladores de naranjas, los fabricantes de carbón, "los pobladores con alguna cultura de Iviraromí: diecisiete en total", los diecisiete jugadores de ajedrez, separados de los otros, de los "analfabetos de rapiña" (dice duramente), ocupados en amontonar tierras, riquezas y aristocracia pueblerina.

Aquellos fracasados geniales eran el fermento intelectual de una sociedad que experimentaba la transformación más extraordinaria que haya ocurrido en una provincia argentina. Baste recordar los 50.000 habitantes de 1914 convertidos en los 450.000 de hoy: las mil toneladas de yerba que la provincia producía, multiplicadas por cien antes de 1937; los míseros barriles en que el alucinado doctor Else pretendía destilar naranjas, prefigurando la planta de la Citrex que en 1967 exporta 600.000 dólares en jugos cítricos.

Sobre la violencia primitiva se asentó un orden; detrás de los pioneros, los pacíficos burgueses; los hijos no quieren reconocer en la iconografía familiar los retratos llameantes de los padres; y algunos de los sobrevivientes prefieren contemplarse retocados con pincel eléctrico en un marco bombé y doré...

—Sí —admite Pablo van der Thorpe, secretario de la municipalidad—, papá y Quiroga eran íntimos amigos. En una novela, no sé cuál, creo que lo nombra.

Habla de "Van Houten", que es un cuento. Y Pablo van der Thorpe es hoy propiamente Lo-que-queda-de-Van-Houten, así llamado (el padre) porque "le faltaba un ojo, una oreja y tres dedos de la mano derecha".

Situado en el centro de ese formidable cambio, convertido él mismo en misionero, Quiroga tomó partido por lo que espiritualmente era el elemento transformador, pero socialmente no rozaba los niveles del prestigio: individuos consagrados al alcohol, la invención, la nostalgia. Han desaparecido, sobre todo en San Ignacio, y la actual sociedad ignaciana repudia sigilosamente la imagen y al autor.

Esa es una de las dimensiones del vacío. Hay otra.

La brecha

—Pero ése no va a sopapear más a nadie, gringo aña membuí —dice el mensú de "La Bofetada" tras despachar a su patrón Korner.

Quiroga parece que no toma partido, pero la historia que cuenta lo toma por él. Al fin y al cabo Korner pierde la vida mientras que el mensú sólo pierde "la bandera" —es decir la patria— mientras huye al Brasil.

"Los Desterrados" enfrenta casi del mismo modo al negro Joao Pedro y al "extranjero" que aparece "terriblemente azotado a machetazos, como quien cancha yerba de plano".

—Olvidóse de que eu era home como ele... —dice Joao Pedro—. E candiel o franceis.

La historia colectiva siguió un curso distinto al de estos desahogos individuales. El gringo quedó como dueño de la tierra y el peón es siempre criollo: misionero, paraguayo, brasileño. La brecha es étnica y cultural, amén de social, y las historias que la reflejan resultan odiosas "en na región que no conserva del pasado jesuítico sino dos dogmas: la esclavitud del trabajo, para el nativo, y la inviolabilidad del patrón".

Esto es sin duda lo que quiere decir el terrateniente de San Ignacio (hombre amable, por lo demás) cuando afirma que "las novelitas de Quiroga no eran útiles a la colectividad".

Muerte, resurrección

Un impromtu de pavimento une Posadas con San Ignacio, y termina allí nomás. Largas calles de tierra discurren entre tantos baldíos como casas viejas. Esta fue la zona de la primera fiebre yerbatera que luego se desplazó hacia arriba, dejando una secuela de abandono y plantaciones agotadas. San Ignacio es lugar de turistas que acuden a ver las ruinas. Para reencontrar el país de Quiroga hay que subir el Paraná, o Qegar al Alto Uruguay cruzando la sierra central.

Algunas cosas no alcanzó él a verlas: las plantaciones de tung que han dado a Misiones su único paisaje de invierno, los cultivos de le, los agricultores japoneses de Colonia Lujan, esa calle larguísima que es El Dorado. Pero esas cosas se integran con la visión que él tuvo, porque este país nuevo es de algún modo el país viejo, y aquí todavía hay lugar para el descubrimiento y la aventura.

En el puente del arroyo Tabay, cruzamos un camión que lleva una antigua caldera de locomotora. Pienso: ahí va un inventor, alguien que usará la caldera para algo que sólo a él se le pudo ocurrir. En Santo Pipó, un pequeño colono suizo cuidaba las lombriceras con que prepara el "abono viviente" que ha dado fama internacional al método Roth de conservación de suelos. Víctor Menocchio, en el puerto que Deva su nombre, nos mostraba su secadero alimentado por el palo de descarte de la yerba, y guardaba aún en secreto su invento más ambicioso: una cosechadora que realiza el trabajo de cincuenta hombres.

Misiones nació bajo el signo de la invención, porque debió crear de la nada la maquinaria de su industria madre, que no existía en Europa. Cada colono es en potencia un Drever, un Rivet, un doctor Else. Y la fantasía inventiva del propio Quiroga es su rasgo más típicamente misionero.

Nuevas historias

San Ignacio duerme, el famoso bar de las ruinas donde nacían las historias ha desaparecido. Pero otros pueblos velan a lo largo de las rutas, y en sus boliches y paradas llenos de ajetreo y ambición se oyen cuentos penetrados del viejo sabor quiroguiano. Es ya la historia de la curandera que hace soplar a la parturienta una vela puesta sobre su vientre y le pregunta: "¿Estás rendida?", hasta que el chico nace. La cuenta entre carcajadas un soldado en un puesto perdido de gendarmería. Son los indios cainguás que Osvaldo Rey sacó del monte y llevó a un escenario escolar para que bailaran sus perdidas danzas: al principio no querían subir, y después no querían bajar. Es la inquietante figura del "indio Moro", monstruo de gran sombrero y ojos en espiral, que sumerge un niño en una pileta. El dibujo, de tremenda fuerza en su ingenuidad, cuelga sobre el bar de Montecarlo, y su autor —el lavacopas— no quiere venderlo por ningún oro del mundo.

Es el tiroteo de anécdotas con que nos recibieron una noche en "La Taba", hotel y parrilla de Puerto Rico, el hotelero Suano, el boli¬chero Brandt, el comerciante Rovotti, el maestro (ex diputado) Rey.

—Yo —dijo Suano— empecé con trescientos pesos y un boliche que se llamaba "Argentino hasta la muerte". Iba a la ruina hasta que me avivé y le cambié el nombre. Qué p..., si acá eran todos gringos. Miraban el cartel y se iban a otra parte.

—Contales de la mina que descubriste.

—Con un chileno descubrimos una mina de wolfram. Estaba justo debajo de la cocina de un tipo que se llamaba Chuster. Le pusi¬mos La Acertada. ¿Vos sabes lo que es el Libro de Pedimentos? No. Bueno, vas al Correo, pedís el Libro de Pedimentos y anotas la mina. Desde el año 17 estaba ese libro ahí y nadie descubría nada. Ya íbamos a empezar la explotación cuando vino el Ministerio de Agricultura y puso un letrero: Zona Reservada. Nos arruinaron el negocio y ellos nunca sacaron nada.

—Yo fundé el primer club de fútbol —dice Brandt—. Parece fácil, ¿no? Tiene que ver la guerra que nos hacía el cura, por los pantalones cortos.

—No era por eso —explica Rey—. Esos negros salían a la cancha con pantalón corto y un 44 en la cintura.

Es, en fin, el personaje clásico de la picaresca misionera: el juez de paz, que en este caso se llamaba Sequeira. Anotaba las coimas en el almanaque. Se inmortalizó al obligar a los colonos a marcar los chanchos, a cinco pesos por cabeza. El recuerdo de su heroica muerte enciende un huracán de risas:

—No pudo frenar la bicicleta en un repecho. Lo frenó un árbol.

Sí: las historias existen y no hay más que pararse a escucharlas. Pero un oyente como Horacio Quiroga tardará en nacer, si es que nace.

De “El violento oficio de escribir”

Literaturra agradece el trabajo de Agencia Walsh

Agencia Walsh www.agenciawalsh.org

28 febrero 2007

Casas de Neruda: “Los versos más tristes esta noche… “

(AW)Lo que debería ser, incluso por deseo explicito de Neruda, propiedad social inalienable, de uso y divulgación libre tiene restricciones comerciales. El negocio antes que nada.

"Dejo a los sindicatos
del cobre, del carbón y del salitre
mi casa junto al mar de Isla Negra.
Quiero que allí reposen los maltratados hijos
de mi patria, saqueada por hachas y traidores,
desbaratada en su sagrada sangre,
consumida en volcánicos harapos."
Neruda, Testamento, Canto General. México 1950

¿Es esto un negocio?

"El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba un pan". Pablo Neruda.

( Buenos Aires, 24 de febrero de 2007. Por Fernando Buen Abad Domínguez .Fundación Federico Engels)
Ahora que está de moda arrojar todo patrimonio cultural a las garras de la industria turística multinacional podemos escribir los versos más tristes. Y también podemos luchar contra esta obscenidad. "La Fundación Pablo Neruda es la principal heredera de los derechos de autor del poeta y su única administradora, y en esta condición gestiona múltiples proyectos editoriales y audiovisuales. Todo uso de la obra de Pablo Neruda está regulado por las normas internacionales de resguardo de la propiedad intelectual." Lo que debiera ser propiedad social inalienable, de uso y divulgación libre, dinámica y obligatoria… tiene restricciones comerciales. Lo ilegítimo, legalizado.

Al salir de las casas de Neruda en Chile uno se lleva, incluso, ese sabor amargo del maltrato mercantil que reina en la palabrería de los mecenas [1] comerciantes agazapados tras las sonrisas, turísticamente correctas, de muchos trabajadores mal pagados (y maltratados). Uno se va con cierto dejo de impotencia que no amaina con lo "lindo" de las instalaciones, lo "bien cuidado" de la herencia inmobiliaria del poeta ni las justificaciones ideadas por el gobierno para desentenderse de sus obligaciones como garante del patrimonio cultural de todo el mundo, del pueblo chileno y de Neruda.

"…Más de 100.000 visitantes" cada año que pagan entrada, souvenirs y viandas diversas… entre 5 y 6 dólares como mínimo, sólo por entrar. Ya sabemos de sobra que los argumentos de los gobiernos rondan la cantaleta de que "no hay presupuesto", que "el estado no debe intervenir en cosas de particulares" y retahílas de ese tipo a diestra y siniestra. Ya sabemos que, además, nacen con facilidades muchas "Fundaciones", a cual más oportunas y sensibles, dispuestas a hacer "el sacrifico de cargar con la responsabilidad", a cambio sólo de "servir a los pueblos" y deducir acaso algunos impuestillos. No pocas veces para lavar dólares o para impregnar con la lógica burguesa todo lo que toca la mano midas de los traficantes de influencias, prestigios y "colecciones de arte". Todo por la cultura (de la propiedad privada)

Las casas de Neruda son en realidad, hoy, espacios anecdóticos vaciados de lo importante que es el espíritu revolucionario del poeta, la poesía misma y sus mejores contribuciones revolucionarias, incluso con sus contradicciones, yerros, y desde luego sus aportes expresivos magníficos. Lo que habita en las "casas de Neruda" son momias, despojos hacinados por cierto didactismo erudito y decorativo que algunos usan para fabricar olvido. Restos inertes de un pedazo de alma que a estas horas no está en esas casas para turistas euro-dollar… espíritu que más bien anda vivo en las almas de los trabajadores chilenos victimados por ese "capitalismo humanizado" "socialismo del bueno"… que se publicita en todo el mundo como milagro económico pero que ahoga al pueblo en pobreza, barbarie y demagogia. "Y la mayor incongruencia, es que la Fundación Neruda está invirtiendo su fortuna (por conceptos de derechos de autor y entradas a las casas museo) junto al empresario Ricardo Claro (ex colaborador de Pinochet) lo que tal vez no sea ilegal, pero definitivamente es inmoral. Ricardo Claro (propietario de la Compañía Sudamericana de Vapores) es señalado por Organizaciones de Derechos Humanos, de que los barcos de su empresa fueron utilizados como centros de tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet. Preservar el patrimonio de Neruda (casas, libros y archivos personales) para emprender nuevos proyectos, invirtiendo en las empresas de Ricardo Claro a nombre de la memoria de nuestro poeta, sencillamente, nada lo vale ." [2]

Esas casas de Neruda deberían servir para la producción revolucionaria de cultura y arte, no para comerciar con "premios" o "becas" discriminatorios, no para prodigar dádivas ni limosnas culturales como si los pueblos fuesen perros sedientos de inteligencia burguesa. Lo que Neruda imaginó comprende el acceso directo, no mercantil y si transformador a la producción de la cultura que es acción fundamental de la humanidad para proveerse conocimientos en la lucha por una vida más digna para todos a cada día. Cultura que no puede ser propiedad ni privilegio rentable de los intelectuales, los científicos y los artistas especialmente si profesan un ideario comunista. Hay que ver lo que pasa en Chile en materia de educación universitaria, por ejemplo, ver cómo los trabajadores son esquilmados para que sus hijos accedan al conocimiento… Economía de mercado para modelo demagógico de "socialismo" burgués que reparte la riqueza del país (eso incluye la mano de obra calificada) sólo entre los patrones y los militares. Aunque Pinochet esté muerto y enterrado. "Ni Matilde Urrutia, mucho menos Pablo Neruda, imaginaron que las batallas de toda una vida y los innumerables trámites legales darían como resultado una Fundación accionista de la oligarquía pinochetista bajo la dirección de Juan Agustín Figueroa y Ricardo Claro. La intención de Neruda fue crear la "Fundación Cantalao" para lo cual donó un terreno en Punta de Tralca, y redactó los estatutos para el funcionamiento de Cantalao, no era su voluntad crear sucursales de casas museo, mucho menos una fundación que rindiera culto a su personalidad." [3]

En las casas de Neruda se traiciona lo que es necesario a estas horas, para Chile y para todos. Son templos de la alienación, la trampa y la manipulación de conciencias. Escenario en el que la sociedad se convierte en un "público" que participa con su dinero para sostener las emociones mesiánicas burguesas. El "público" no se da cuenta de que lo presenciado es un "espectáculo", una puesta en escena que pretende convencernos de que el "público" purifica sus sentimientos con una catarsis imaginaria de poesía yerta, decorativa y museística; cuando en realidad quién hace catarsis bancaria es quien cobra los dólares o euros "realmente existentes". Y esos no son los trabajadores precisamente. "Más aun considerando que la Fundación junto con manejar gran parte de los bienes de Neruda, administra alrededor de 400 mil dólares anuales, de los cuales 200 mil son ingresos por derechos de autor. El resto de las ganancias proviene mayoritariamente de la venta de entradas y souvenirs en las tres casas museo (La Chascona, en Santiago; La Sebastiana, en Valparaíso, y la propiedad de Isla Negra) que son visitadas anualmente por más de cien mil personas, en su mayoría turistas extranjeros y cuya administración actual tampoco escapa a las certeras críticas del poeta sureño." [4]

Neruda contribuyó extraordinariamente a abrir puertas y ventanas hacia un horizonte desafiante y exigente por necesario y urgente: ganar las mejores fuerzas expresivas para impulsar el ascenso de la conciencia con la poesía como herramienta de lucha socialista. Cuando uno ve la pobreza expresiva y la alienación sintáctica en que nos asfixiamos diariamente, se ve muy clara la urgencia de un ideario y praxis de transición socialista para el enriquecimiento de los armamentos expresivos contra las miserias capitalistas. No al arte encerrado en payasadas de propaganda mecanicista. No necesitamos "efectos mágicos" logrados por artistas genios del individualismo, es preciso que la palabra, la música y la acción creadora toda, sirvan a la activación política de los pueblos, a su revolución permanente, con base en imaginación y fantasía críticas (y de todos) al servicio de potenciar la lucha organizada contra el capitalismo. Expropiar los mejores logros y ponerlos al servicio de la humanidad que habrá de mejorarlo todo si logra destrabar su desarrollo y ponerlo a salvo para siempre. "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera" Pablo Neruda

NOTAS

[1] "La Fundación desea reconocer el apoyo desinteresado y esforzado de muchas personas, directa o indirectamente vinculadas a su estructura, y reconoce asimismo las donaciones y cooperación con que ha sido favorecida, así como la generosa ayuda de países amigos como Suecia y Alemania, y de instituciones privadas como la Telefónica de España, Interlubke, el Instituto de Cooperación Iberoamericana, la Fundación Andes, entre muchas otras. Agradecimientos especiales también merecen el Estado de Chile, al ceder la casa contigua a la casa del poeta en Isla Negra y el sitio aledaño a La Sebastiana en Valparaíso, y la Municipalidad de Providencia, que construyó la Plaza del Poeta junto a La Chascona…
Sólo gracias a años de constantes esfuerzos y al auxilio de numerosas personas especializadas, es que hoy en día la Fundación dispone de las tres casas convertidas en Museos: La Chascona, La Sebastiana e Isla Negra, con más de 100.000 visitantes que cada año llegan de diversos puntos del planeta a deleitarse con su historia y con la actividad de los centros culturales que funcionan adjuntos en Isla Negra y La Sebastiana" (el subrayado es nuestro) http://www.fundacionneruda.org/quienes_somos.htm

[2] La gestión de la Fundación Neruda, una mirada crítica Mario Casasús http://virginia-vidal.com/anaquel/article_149.shtml. La Jornada, Morelos, Cuernavaca, México. 11.08.2005.

[3] La gestión de la Fundación Neruda, una mirada crítica Mario Casasús http://virginia-vidal.com/anaquel/article_149.shtml La Jornada, Morelos, Cuernavaca México 11.08.2005.

[4] Chile: El otro fundo de Figueroa "El lado oculto de la Fundación Pablo Neruda" Pedro Cayuqueo (KOLECTIVO LIENTUR - AZKINTUWE http://www.rebelion.org/chile/040129cayuqueo.htm y http://www.lafogata.org/04latino/latino1/chi_reportaje.htm

AGENCIA DE COMUNICACION RODOLFO WALSH www.agenciawalsh.org

Entradas populares